Relatos
Radio Bumerang Argentina.

Sonría, le estamos afanando
Isabel Sala
(Desde Malaga, España)


Cuando en los años noventa muchos jóvenes argentinos armaban sus mochilas y salían a recorrer Europa,  a nadie le extrañaba encontrarlos en algún hostal de Francia, de Alemania, de Austria o de la madre patria, España.

Esos jóvenes alegres que hablaban bastante bien inglés, que se comunicaban, que oían una diversidad de música notable, y con los que se podía hablar de casi todo, porque de casi todo tenían, y aún tienen, la capacidad de improvisar una charla, eran, o parecían serlo, la imagen de un país. El que siempre había inclinado sus largavistas para saber que tal estaban las estrellas por el viejo mundo; el que al sur del sur, relucía por su fútbol, por su tango, o por algunos excelentes actores en vías de reproducción.

Pero si nada es para siempre, nada es para mucho, nada dura mucho, o mucho no duró, el año dos mil llegó, y como habíamos hecho planes para semejante año, de casarnos, de tener el primer hijo, de reunir a toda la familia para las fiestas, de viajar y reencontrarnos con esos tíos abuelos de Italia, de cambiar el coche y tomarnos las mejores vacaciones de la vida, de renunciar a ese trabajo de mierda y dedicarnos a lo nuestro, ese año pasó tan rápido, tan lleno de cosas, que apenas pudimos discernir que había a nuestro alrededor un montón de amigos que no lograban sus sanos objetivos de cambio de milenio, que habían perdido el trabajo antes de decidir si querían o no viajar a Italia , y que hacían interminables colas para conseguir uno nuevo, que habían vendido el coche por dos pesos para pagar un par de meses de alquiler, o se habían mudado a otro barrio que quedaba a dos horas de su trabajo, pero donde la tía les prestaba una habitación que tenía en la terraza. Y como no los vimos, continuamos sin verlos, aunque de vez en cuando nos tomábamos un café por ahí y los pesados no hacían más que lamentarse de lo jodido que estaba todo. Pero cuando uno pierde el sentido de la vista, en la mayoría de los casos desgraciadamente es irreversible, y aunque el “dosmiluno” nos diera un cachetazo tratando de devolvernos ese don divino, solo pudimos ver que los ahorros de nuestra cuenta en el banco ya no eran lo verde esperanza que supieron ser,  carecían de licencia para salir a volar, y con ellos, nuestros sueños se habían congelado, derretido, evaporado, o simplemente desaparecido. Y eso de que los sueños desaparecen cuando nos despertamos ya lo habíamos aprendido en los setenta, y fue tan difícil volver a conciliar el sueño, nunca más lo logramos del todo, comenzamos a levantarnos por las noches con la ilusión de que todas las camas estuvieran ocupadas, con la ilusión de poder volver a soñar juntos, interminablemente desvelados por el arrebato más doloroso que pueda existir, el de compartir el sueño con nuestros hijos.

El nuevo hurto a los sueños, ese al que le pusimos fecha exacta y coloreamos con aluminio y acero inoxidable, había comenzado mucho tiempo antes, fue un hurto sigiloso, hasta que los ladrones se quitaron la máscara y nos dijeron_ date cuenta que te estoy robando, si, a vos, largá la billetera, largala.

Pero estábamos tan hartos, tan cansados de no dormir bien, que no terminamos de oír, y salimos corriendo a renovar el pasaporte, y ahí nos encontramos  con algunos de esos amigos pesados y pesimistas, que habían logrado cobrar la indemnización y se habían comprado un pasaje a otra parte,  a algún lugar... donde seguramente nos encontraríamos, los pesados y nosotros, que por suerte teníamos algo abajo del colchón, e hicimos tiempo a comprar también nuestro pasaje antes de que nos desalojen. Solo que esta vez, seríamos jóvenes, y no tan jóvenes, que llegan con valijas ( el perro lo traería el mes que viene nuestra hermana), que viven en pensiones, y que como hablamos bastante bien inglés,  somos bastante simpáticos y tenemos cierta cultura, porque no, bien podríamos trabajar de camareros, que en España lo que más hay son cafeterías, y mirá, en esta misma estuve tomando algo cuando vine de mochilero en el noventa y cuatro, quién diría viejo, que loco es todo… bancame un momento que me están llamando de aquella mesa….