Literatura e historia. Los entresijos de un bicentenario
Autor: Jorge Etchenique

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El resultado del traslado del “pensamiento único” neoliberal al campo de la investigación histórica fueron y son relatos estériles, eso que Adolfo Colombres designa con el término “hibridación” y que son presentados como “objetivos”, “científicos”.
Es pertinente afirmar que en la literatura, también se desarrolló este proceso que registra antecedentes segmentadores. Entre el relato de ficción y el relato histórico se habían levantado barreras cuya demolición fue una de las preocupaciones de Roland Barthes, quien tomó nota de que “el lenguaje neutro, ‘objetivo’, produce la ilusión de que la historia se cuenta sola”. Y no es así. “La historia siempre quedará como un relato”, fue su síntesis. Por ejemplo, “Galileo Galilei” de
Bertolt Brecht, “Facundo. Civilización y Barbarie en las Pampas Argentinas” de Domingo F. Sarmiento, “El siglo de las luces” de Alejo Carpentier, ¿pueden ser juzgados desde la “objetividad”? Con estas premisas podemos atisbar el vasto campo de las subjetividades afines y en colisión que despiertan las ya cercanas y bicentenarias jornadas de Mayo de 1810 en Buenos Aires, derrumbadoras de un Virreynato, el del Río de La Plata. Una forma de empezar es preguntarnos si hubo escritores que viviendo el fragor de esos hechos lo asumieran desde la conciencia y desde las letras; si habrán percibido que el destino de la Revolución se jugaba entre dos alas antagónicas; si puede “medírseles” en función de esos dilemas, como al compromiso de sus colegas doscientos años después. Hay indicadores de que la misma algidez de los hechos alumbró plumas que reflejaron los ideales en pugna. La prosa militante habitó en periódicos efímeros y hojas volanderas, con predominio de una lírica patriótica que cantaba a los héroes del día. Esa enjundia también se cobijó en trabajos literarios más formales, pero encontró en la poesía popular gauchesca su espíritu más afín El cielo de las victorias / Vamos al cielo, paisanos / Porque cantando el cielito / Somos más americanos Observamos en este “cielito” de B. Hidalgo una de las dimensiones más ocultadas por la historia oficial: el americanismo que animaba a los más decididos de Mayo, la conciencia de la unidad subcontinental para enfrentar a viejos y nuevos colonialismos. Salvo estos brotes populares, no hubo estéticamente nada nuevo y es notable observar la avidez con que fueron absorbidas las ideologías racionalistas y enciclopedistas, en tanto que la lírica francesa e inglesa no tuvieron una recepción tan inmediata.
Desde una supuesta profesionalidad, hay historiadores que niegan que se puedan establecer relaciones activas entre las luchas del presente y las del pasado. Sin embargo, los hechos de Mayo fueron y son interpretados de tantas maneras como tantas han sido y son las búsquedas de legitimaciones de ideas, programas, órdenes y desórdenes. Podemos enumerar desde los jóvenes de la Asociación de Mayo al relato con que B. Mitre buscó y logró- levantar bronces equivalentes para los héroes de su clase y de su generación de 1880; desde los fastos liberales del primer centenario
a las visiones nacionalistas de las décadas de 1930 y 1940.
Y si nos instalamos en nuestros desasosiegos de hoy, ¿a qué se alude cuando se dice 25 de Mayo? En respuesta, el escritor Andrés Rivera enumera actos escolares rutinarios, calles y monumentos que concilian a enemigos irreconciliables, “Pero también a la utopía, y a los que todavía no desisten de ella”, agrega con la necesidad y la urgencia de mantener la esperanza.
Asevera Jacques Revel que “el relato es inseparable del sentido con que el historiador pretende engendrar su historia”. Pues bien, la carga ideológica que porta todo sentido hace que investigadores, ensayistas y escritores polemicen sobre estos temas de igual a igual. Lo hacen porque saben que transitan un espacio común, el de la porfía acerca de cómo debería ser nuestra realidad, es decir la “batalla de las ideas”. Uno de los nudos no fáciles de desatar y que en 200 años desveló a investigadores/escritores es la base social que alumbró la Revolución de Mayo, uno de esos temas que nacen de la necesidad de definir qué sujeto social debería encabezar las transformaciones hoy.
La revolución anticolonial comenzó encabezada por una pequeña burguesía revolucionaria –durante “siete meses tan acelerados como jadeantes”, agrega David Viñas- y terminó dirigida por una aristocracia mercantil-terrateniente, cuyos intereses apuntaban a remover la sujeción colonial pero no a transformar la sociedad. Desviado el rumbo, esa misma clase usufructuó los resultados de las guerras de la independencia -San Martín y Bolívar mediante-, ejecutadas bajo los principios y el
impulso de la épica revolucionaria inicial. En numerosos análisis de la historia oficial subyace la afirmación de que los patriotas de Mayo “hicieron la revolución sin saberlo”. La idea de una revolución sin revolucionarios equivale a decir que no se puede ir más allá de administrar lo que ocurriría de todos modos.
Esta permanente adaptación a determinaciones externas supone un paradigma del conformismo al que no se ajustaron, claro está, Moreno, Castelli y Artigas. ¿Qué hicieron?, se pregunta Andrés Rivera
acerca de estos “jacobinos” rioplatenses. Y se responde : “…trazaron, en la penumbra de la clandestinidad, un Plan de Operaciones… fusilaron…; fundaron regimientos; liberaron esclavos, pardos y morenos, y con ellos conocieron la derrota y triunfaron sobre los ejércitos monárquicos. Y, llegado el momento, no rehusaron ser implacables”. No negociaron, no conciliaron y he ahí el núcleo del reproche. Sí, fueron implacables.
Podemos plantear una bicentenaria pregunta que integra el pasado y el presente, a la vez que resume la universalidad de nuestras vidas colectivas: ¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad?