La mera casualidad
Autor: Isabel Sala
La niña, no bajó como de costumbre en
la esquina de su casa en aquel barrio,
que para muchos bien podría estar en
la China, pero que oculto permanece algunas
veces, en un rincón no tan lejano, en Buenos
Aires.
La madre la esperaba a escasos metros de
la esquina, y con asombro humano y desesperación
de madre, vio como el transporte
del que debía bajar su niña, seguía de largo
sin siquiera una duda. Sin siquiera una duda,
creyó la madre. Que prontamente corrió a
buscar un teléfono. A intentar lograr que alguien
la atendiera en el colegio, al otro lado
de la línea. A no conseguirlo porque ya nadie
había allí. A salir nuevamente a la calle y
pedir ayuda a una vecina. A elucubrar ambas
si sería correcto denunciar el hecho en la comisaría.
Si acaso se estaban apresurando. Si
la desesperación de una madre es tan grande
como el temor de una hija. Si una vecina puede
comprender lo que uno siente. Si la niña
estaría llorando mientras se hacían aquellas
preguntas.
La niña, de cuclillas detrás de uno de los
asientos del transporte, observaba por un
agujerito del suelo el asfalto que recorrían, las
líneas blancas que desaparecían en la velocidad.
Que se dibujaban nuevamente mientras
se detenía la marcha. Mientras algún niño bajaba,
y otros seguían allí, jugando y gritando como ella misma solía hacerlo hasta ese día,
en que la mera casualidad de caérsele el lápiz
al suelo, de intentar recogerlo, la ayudó a
descubrir aquel agujero. Y otra vez al oír el
motor, vuelta a tomar velocidad. Y vuelta a
desaparecer las líneas. Y algunas pequeñas
piedras saltaban y golpeaban en el suelo. Entonces
retiraba el ojo de allí por precaución.
Y cuando ya no oía piedritas golpeando, volvía
a ponerlo. “Este agujero es tan pequeño,
que no podrán entrar por él piedritas, por
mucho que salten y salten, y lo intenten”. Pensaba
la niña cuando el transporte se detuvo
nuevamente. Y algún niño bajó. Y ya no se
oían otros niños. Y entonces se puso de pie.
Y se encontró en un lugar que la impulsó a
preguntar donde estaba. A hacerse oír por
el chófer, y que este se diera la vuelta, y con
asombro humano y desesperación de padre,
le dijera que estaba en La tablada. Yo vivo en
Bonzi replicó la niña. La condujo entonces a
un edificio, subieron algunas escaleras y entraron.
La esposa del hombre estaba allí, y un
niño no tan pequeño que se quedó mirándola
con asombro de niño.
No la vi porque estaba agachada detrás de
un asiento. Tengo que regresar a Bonzi y dejarla
en su casa; le explicó el hombre a la mujer.
Sonrió entonces esta y le hizo una caricia
a la niña.
En el camino de vuelta, la niña pensó que
si aquel hombre no la hubiera llevado de
regreso a su casa, que si hubiera tenido que
quedarse a vivir en aquel edificio, con aquella
mujer, con aquel niño, con aquellos muebles
naranjas. Hubiera llorado, tal vez durante
días que aún no sabría contar. Hubiera extrañado
mucho a su mamá y a sus hermanos,
hubiera pensado en escaparse y salir a buscar
su casa. Lo hubiera hecho. Y de regreso a su
casa, hubiera contado esto como una prueba
de su valentía. O tal vez hubiera permanecido
allí. Hubiera con el tiempo dejado de
llorar como una niña. De extrañar como una
hija. Hubiera vivido otra vida. Como si acaso
hubiera logrado olvidar y acostumbrarse.
Como una humana.
