El ayer y hoy de nuestra historia como país libre
Autor: Clementina Rossini
Durante este año varias naciones de
América Latina celebran el bicentenario
de su emancipación. Me refiero
a Argentina, Chile, México, Colombia y Venezuela.
El pensamiento independentista se
extendió por las colonias de habla hispana
y se efectivizó en varias regiones y diferentes
ámbitos geográficos de América.
Como argentina, festejo el aniversario del
Bicentenario al igual que mis compatriotas,
pero además de celebrar me detengo en consideraciones,
aunque superficiales, del ayer, del
hoy y del futuro de nuestro país. Y digo superficiales
porque mis consideraciones parten
desde el simple, aunque importante rol
de ciudadana argentina. Un análisis exhaustivo
y profundo compete a los analistas de las
ciencias que estudian los cambios sociales,
culturales y económicos de cada nación, tales
como politólogos e historiadores
Planteada la temática, me remito a la tarea
de los primeros gobiernos constitucionales en
lo que fuera parte el Virreinato del Río de la
Plata : debieron cambiar y adecuar formas de
gobierno, leyes, sistemas de comercio, de educación,
concientizar a la población preexistente
sobre los nuevos regímenes, darles representación
en el nuevo sistema y además
frenar las luchas internas de los caudillos que
aspiraban a conquistar la supremacía del poder.
Resumiendo, debían organizar un país
independiente con todas las características
que implica el régimen.
Por otra parte había una amplísima extensión
de territorio sin poblar, tierra de nadie,
donde tanto indígenas como blancos se dedicaban
al bandidaje, por lo tanto se debía resguardar
y extender las fronteras de la civilización.
Tarea nada fácil para gobiernos pobres y
débiles sin experiencias previas. Prevalecía en
tales casos el criterio de los gobernantes aunque
no todos aplicaron métodos adecuados.
Puesto en marcha el incipiente país comenzó
a funcionar como tal, arrastrando un legado
virreinal en ruinas y debiendo cuidar
esa independencia lograda ante las ambiciones
de países europeos y americanos como
EEUU, expansionistas, conocedores de las
potenciales riquezas de nuestros recursos.
En el lapso que transcurre desde entonces
hasta nuestros días, se evolucionó de acuerdo
al patrón que marcaban las distintas épocas. Tal evolución, a la positiva me refiero, incluye
a la economía ya que llegamos a ser “el granero
del mundo”. Nuestras industrias abastecían
las necesidades internas y se exportaban
manufacturas que aunque mínimas en la
participación del PBI, contribuían al fortalecimiento
de las arcas nacionales.
Nuestros científicos e intelectuales fueron,
y son en la actualidad, reconocidos y requeridos
desde todas las naciones del mundo que
han tenido oportunidad de comprobar sus
capacidades.
Solo por nombrar a los más reconocidos
científicos traigo a colación los nombres de:
Bernardo Alberto Houssay, Premio Nobel
de Medicina en 1947;César Milstein Premio
Nobel de Medicina y Farmacología en
1884;René Favaloro , quien realizó el primer
bypass aorto coronario en el mundo; Luis Leloir,
Premio Nobel de Química en 1970.
Intelectuales argentinos lograron galardones
internacionales por su accionar en lo
social y cultural y con temor de omitir a alguno
de ellos menciono a: Adolfo Pérez Esquivel
Premio Nobel de la Paz en 1980.Jorge
Luis Borges, Julio Cortázar, Ernesto Sábato,
Adolfo Bioy Casares, Juan Gelman, fueron
algunos de nuestros escritores que llegaron a
trascender nuestras fronteras a través de sus
obras.
Todo esto, que podríamos llamar logros del
pueblo argentino, no se alcanzaron de manera
fácil. Recordemos que debimos soportar
constantes altibajos de la economía que originaron
pobreza, desempleo, diferencias de
clases y desembocaron en la ola de delitos que
asola nuestra patria. Que logramos sobrevivir
a gobiernos impuestos por la fuerza a pesar
de que sacrificaron a miles de argentinos en un sinrazón incomprensible. Que logramos
recuperar la convivencia en democracia, pero
que intereses ocultos se empecinan en desestabilizar.
De allí la necesidad de no perder la memoria
pero tampoco vivir con el odio y el
resentimiento sobre la espalda, ya que con
ese peso es imposible pensar en un futuro en
paz, recuperar la cultura del trabajo y finalmente
dejarles a las nuevas generaciones un
país próspero, que pueda ser siempre “libre de
toda dominación extranjera”, tal como reza
nuestra constitución.
